Otoño en la ciudad

Al recorrer la ciudad, muchos serán los puntos que llamarán nuestra atención: los edificios, la gente, los árboles. Pasear por Buenos Aires en otoño no es tristeza ni nostalgia. Los colores de las flores y las hojas de las plantas caducas destellan en rojos profundos, naranjas intensos, amarillos brillantes, marrones, mientras que las perennes agregan a esta paleta una variedad de verdes.

Tomando como punto de partida la Reserva Ecológica Costanera Sur, nos acompañarán en nuestro camino los majestuosos plátanos (Platanus x acerifolia) con sus enormes hojas castañas que no sólo lucen sobre la planta, sino que también nos cantan al crujir a nuestro paso cubriendo las veredas. Si posamos la vista sobre el río, veremos cómo nos saludan ayudados por el viento, las delgadas hojas verde grisáceas de una gramínea nativa de gran porte llamada cortadera (Cortaderia selloana) junto a los sauces llorones (Salix baylonica) que casi besan el agua y que para más dato, se dice que es en sus ramas donde duermen las hadas.


Es momento de hablar de la tipa blanca (Tipuana tipu). Si bien su vestido otoñal es prevalecientemente verde – porque en nuestra ciudad se comporta como semipersistente perdiendo su follaje tardíamente – engalana las aceras y espacios verdes tal como lo hace en las yungas de las provincias de Tucuman, Salta y Jujuy. Su porte se extiende hasta más de 20 metros de altura y nos envuelven como en un túnel verde. Para disfrutar de sus flores amarillas casi mariposas sólo habrá que esperar al verano.

La tipa blanca junto con el palo borracho de flor rosada o samohu, por el parecido de su tronco a una botella (Ceiba speciosa = Chorisia speciosa), el de flor blanca (Ceiba insignis) y el jacarandá (Jacarandá mimosifolia) son, sin duda, los árboles indígenas ornamentales más difundidos y apreciados de la zona templada de la República Argentina, traidos a Buenos Aires por el reconocido Arq. Paisajista Charles Thays alrededor del 1900. La floración del palo borracho rosado, anuncia junto al de las blancas amarillentas, la llegada del otoño. Sus flores se apropian de las ramas, casi sin dar lugar a que asomen sus hojas verdes; y los podemos disfrutar a lo largo de la av. 9 de Julio y en la Plaza San Martin.

Pensar en jacarandá, oriundo de la base de las selvas de montaña, en el noroeste de argentina (Tucumán, Salta, Jujuy), es pensar la ciudad en noviembre, completamente tapizada de una alfombra para algunos violáceo alilado y para otros más acelestado, constituyen unos de los espectáculos más lindos que tiene la ciudad. Y tanto nos representa el Jacarandá que la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, mediante la Ley 5229, lo designó árbol distintivo de la CABA en el 2014. Pero para disfrutar de la “ciudad lila” habrá que estar atento a bien entrada la primavera.
Llegar a Palermo, significa el gozo de los destellos amarillos del árbol más antiguo que vive sobre la tierra, tanto que se lo considera un fósil viviente, único sobreviviente de la bomba de Hiroshima, el ginkgo (Ginkgo biloba) junto a los rojos y cobrizos del liquidambar (Liquidambar styraciflua) como enormes bolas de fuego, en franca competencia con los robles (Quercus sp.) y los arces (Acer sp.). Junto al lago, un grupo de cipreses de los pantanos con sus raices dentro del agua (Taxodium distichum), se desnudan en colorado sus hojas que en el último verano fueron verdes.

 

Seguimos andando acompañados por los plátanos y más tipas. Pero al ir llegando a las Barrancas de Belgrano, irrumpirán en escena los tilos (Tilia x viridis ssp moltkei) y los fresnos dorados (Fraxinus americana) tapizando de amarillo las veredas y calles.

Ya despidiéndonos de aquellos anfitriones verdes y marrones de lujo que no nos abandonaron ni por un momento, nos vamos acercando a Olivos, donde encontramos los guardianes más altos vivos que se precien, los ibira pita (Peltophorum dubium) árboles majestuosos de casi 30 m de altura, custodian la Quinta Presidencial. Si bien no disfrutaremos de su exultante floracion amarilla sucedida en verano, al mantener el frondoso follaje verde brillante durante la mayor parte del año, habrá valido la pena conocerlos.

Y a pocas cuadras de allí, específicamente balconeando en la Plaza de los Inmigrantes, nos quedamos apreciando a uno de los jardines verticales naturales más hermoso que existe, la viña virgen (Partenocissus tricuspidata), que con sus largas ramas rebozantes de hojas coloradas, envuelve a la Iglesia Jesús en el Huerto de los Olivos, que dialoga con la plaza. Nosotros nos sentimos parte de ese paisaje y de ese abrazo, como si la naturaleza nos agradeciera que hayamos querido pasear con ella.

Agradecemos la colaboración en la redacción del texto a la Ing. Agr. Paisajista y presidente del CAAP Verónica Fabio y el Arq. Darío Vaccaro.

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